viernes, 26 de febrero de 2016

Discurso #AndreayCarlosBoda



Cuando Andrea me dijo que tenía que escribir la moción de entrada para su boda, entré en pánico. Hubo incluso un día que en el que soñé que la boda llegaba y yo aún no había escrito nada y tenía que improvisar. Todos los días me preguntaba, ¿qué puedo decir en una boda que no suene a libro de Paulo Cohelo? Las palabras de amor están sobrevaloradas, sobre todo en las bodas, por lo que cualquier cosa que dijera iba a ser exageradamente evaluado. Pensé mucho, y al final decidí ser 100% honesta y contarles todo lo que he sentido desde que me enteré que la negra se casaba.

El 4 de mayo de 2015, cuando Andrea me contó que se había comprometido, confieso que comencé a experimentar un montón de emociones y en distintos niveles. Primero confusión, porque lo último que me había contado de Cancún es que estaban en un hospital después de un accidente de tránsito (si no se saben el cuento, después le piden a alguno de los novios que se los diga).

Después sorpresa. Porque vamos, la negrita de la casa, la que decía que iba a ser monja, la que no quería hijos ni creía en las historias románticas ahora se va a casar. Creo que es algo que nos sorprendió a todos. Luego mucha emoción y alegría, ¡Mi hermana se casa! Se lo contaba a todo el mundo. Mis compis del trabajo, mis amigos venezolanos en Madrid, todos sabían que mi hermana se había comprometido en Cancún, en una clínica, después de un accidente, a lo novela venezolana, pues.

Y luego, cuando lo pensé en frío, sentí un poco de tristeza. Porque caí en cuenta que se iba a casar con un chico al que yo había visto solo un par de veces. Durante muchos días estuve melancólica. Esto no fue lo que imaginé que sucedería con nuestras vidas. Es decir, normalmente esperas poder conocer y compartir con tu cuñado, ir a la playa, salir a rumbear, solucionarles peleas, alcahuetearlos y taparles mentiras con tus papás... Siempre te imaginas ser de alguna forma parte de la relación, parte de sus vidas. Pero de los 2 años que tienen Carlos y Andre juntos, yo tengo 1 año y 11 meses fuera del país. Supongo que es parte de la vida y la realidad del emigrante.

Sin embargo, a pesar de mis tristezas, hay algo que me repetía siempre. Andrea es la más cuerda de mi casa, la más inteligente emocionalmente, la más comprensiva, la que conoce mejor a los demás, la que sabe reconocer a las personas. Y si Andre escogió a Carlos para que fuese el compañero de su vida, no podría confiar más en ella.



Luego tuve la oportunidad de conocer a Diana (su hermana) en Madrid. Nos vimos un día, salimos y la pasamos buenísimo. Después comencé a hablar con Paola (su otra hermana) por culpa del drama de los vestidos, y me di cuenta de que mi hermana no solo iba a comenzar a compartir su vida con un hombre, sino que además ganaba una nueva familia y nosotros un nuevo hermano.

Estos días aquí compartiendo con ellos, no solo me han confirmado que ambos han tomado la mejor decisión eligiéndose el uno al otro como compañeros de vida, sino que además están preparados para asumir el reto que implica formar una nueva familia. Están enamorados y se nota. Cuando se miran salen corazones explotando alrededor (sí, son así de cursis). Pero lo más importante es que se aman, se respetan, se complacen, se complementan, y cada uno hace lo que pueden para hace sentir al otro siempre mejor. 

Carlos es un hombre paciente que no solo la quiere y la respeta, sino que además la soporta y la consiente mucho. Muchísimo. Y Andrea, que la conozco desde que nació (literalmente), está entregada y enamorada con el corazón y la razón. Y yo me siento feliz de haber podido verlos así y disfrutarlos aunque hayan sido unos pocos días. Amé verlos reírse juntos, chalequearse, complacerse, y hasta discutir un poquito. Ya pronto tendré oportunidad de viajar a la playa con ellos, de rumbear y de alcahuetearlos. Por ahora solo me queda desearles felicidad infinita y decirles, que desde mi perspectiva, van por muy buen camino.

Felicidades, hermanos.

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