domingo, 27 de septiembre de 2015

Entre el exilio y la felicidad


Mi amiga Maria Alesia cumplió uno de sus sueños (y el de muchos) y entrevistó a Isabel Allende. Fue una hermosa entrevista con la que suspiré, lloré, me reí, y sentí como si hubiese estado allí, en el sofá de su casa en Sausalito hablando con ella. Isabel es una de mis escritoras favoritas, y leerla siempre ha sido reconfortante. Ella deja una parte de sí misma en cada libro y eso hace que sienta que la conozco de verdad. Por eso la entrevista que le hizo Mari me gustó tanto, porque fue como leer el relato de una amiga.

Isabel no solo me gusta por las novelas que escribe, sino además por esa capacidad que ha tenido para canalizar todo lo malo que ha vivido -porque su vida ha estado más o menos determinada por las tragedias- a través de la escritura. Escritura que la ha convertido en una de chilenas más famosas del mundo. La casa de los espíritus, ese libro que le otorgó el título de escritora, es producto del exilio que tuvo que vivir a causa de la dictadura de Pinochet en Chile. La muerte de su única hija la llevó a escribir Paula, uno de los libros más bellos que he leído y con los que más he llorado. La muerte del hijo de su ex esposo Willie es plasmada en La suma de los días. Y eso solo por nombrar algunos.

Pero el motivo de este post no es hacerles un resumen de la vida de Isabel. Fueron las cosas sobre el exilio que dijo en la entrevista las que me golpearon la cabeza y el corazón, y me llevaron a pensar de más. Como siempre.

Hace unos días almorzando con mis amigas venezolanas, en uno de esos encuentros que utilizamos para ponernos al día, hablar de Venezuela, quejarnos, y ahogar las penas de emigrantes en helados de Llaollao, comentamos sobre esa enfermedad que tenemos todos los venezolanos del siglo XXI. Enfermedad que nos lleva a pasar horas y horas de nuestro día hablando de lo mal que está el país, de Maduro, de la economía, la inseguridad, la inflación y la escasez que viven nuestros familiares en Venezuela. Entonces Daniela, tratando de justificarnos, explicó que esa enfermedad la tienen todos a los que les toca abandonar su país no por elección sino por obligación. Dijo que sus abuelos, uno catalán y el otro portugués, después de 50 años viviendo en Venezuela aún hablan de sus tiempos en España y Portugal, aunque hoy solo sean vagos recuerdos. Haber tenido que irse así es algo que no pueden superar.

Y entonces recordé la diferencia que hizo Isabel en la entrevista entre exilio e inmigración.

"En el exilio uno sale forzado por las circunstancias y no puedes elegir dónde vas, y siempre estás mirando hacia tu país, esperando que las cosas cambien para regresar. Un inmigrante se va porque escogió irse y eligió a qué lugar. El inmigrante va mirando hacia el futuro decidido a triunfar y a que a sus hijos les vaya bien. No es lo mismo. Habiendo vivido las dos circunstancias sé perfectamente la diferencia, y el exilio es mucho peor".

Aunque a la 'mayoría' no nos haya tocado salir escondidos por la frontera o montados en una balsa, de alguna forma todos los que no estamos ahora en Venezuela somos exiliados. Porque no nos fuimos con el objetivo de probar lo que era vivir afuera o de año sabático. Nos fuimos porque nos tocó hacerlo. Sí, fue una elección, pero una elección que debe hacer cualquiera que quiera vivir y dejar de sobrevivir. Y aún siendo conscientes de esto, de habernos ido pensado que era la mejor opción, nuestro corazón sigue en Venezuela y soñamos cada día con que la situación cambie y podamos volver para vivir 'la vida que siempre pensamos que tendríamos'.

Pero la verdad es que vivir físicamente en un lugar, con el corazón y la mente al otro lado del océano es totalmente inviable. Porque en el afán de recordar lo que dejaste, de extrañar lo que en algún momento fuiste (y que más nunca serás de nuevo) y desear con muchas fuerzas volver, estás dejando de mirar lo que está enfrente de ti y de disfrutar la gran oportunidad que estás viviendo hoy.

Y lo cierto es que no saber apreciar lo que tenemos delante nos lleva a ser malagradecidos y criticones. Honestamente, yo ya estoy un poco cansada de escuchar y leer a venezolanos en el mundo quejándose de que los (inserte aquí el gentilicio de su preferencia) son esto, que hacen o no hacen aquello, que en Venezuela no es así, y pare usted de contar porque la lista es larga. Yo no voy a decirles las razones por las cuales deberíamos dejar de quejarnos o enumerar argumentos que desmonten el mito de que somos los más arrechos del mundo. Ya cada quien debe saber por experiencia que eso es mentira.

Solo diré que en lugar de lamentarnos por lo que no tenemos, deberíamos comenzar a preguntarnos qué podemos -y debemos- hacer para ser mejores venezolanos dónde quiera que estemos y cómo contribuir a mejorar la reputación de nuestra nacionalidad tricolor que bastante dañada está. Preguntarnos cómo podemos aportarle al país en el que ahora vivimos lo mejor que tenemos, como contagiar a los demás de las cosas buenas que nos caracterizan y cómo adoptar lo mejor de ellos para que, en caso de que nos toque regresar, podamos empapar a los que se quedaron de nuestros aprendizajes.  

Isabel, a quién le tocó salir de Chile y exiliarse en Venezuela, confiesa la receta para 'superar el guayabo del exilio':   

"No hay que renunciar a lo que traes (... ) Hay que adquirir lo nuevo, echarle más encima a lo que uno tiene. Puedes ser bicultural. Cuando uno aprende a ser bicultural, es mucho más llevadero. Una vez que acepté todo lo maravilloso que tenía Venezuela , y cuando dejé de criticar el bonche, y que nadie era puntual, que te decían una cosa y no resultaba; una vez que me dejé de todo eso, amé el país. Fue aprender y adquirir cosas nuevas"

Ser exiliado no es fácil. Nunca lo ha sido. Por eso no todos dejan su vida a un lado, por difícil que esta sea, y se va a fabricar una vida totalmente nueva en otro lado. Hay que ser muy valientes y hasta un poco descorazonados para tomar esa decisión. Estoy segura que para muchos de los abuelos de quienes ahora están leyendo esto tampoco fue fácil coger un barco, cruzar el Atlántico y comenzar de cero en un lugar desconocido -vamos, que aún hoy hay gente que no tiene idea dónde se encuentra Venezuela-. Y sin embargo lo hicieron. Salieron adelante, levantaron una familia, hicieron historia y construyeron una vida de la cual, estoy segura, están orgullosos. Y si ellos pudieron, ¿por qué nosotros no? 

Por mucho que duela el exilio la felicidad en algún punto depende de ti. Algo debe tener de bueno ese país en el que ahora estás. Por algo te recibió, por algo te ofrece una vida diferente, por algo vives allí... 

"Vivir con miedo no tiene sentido. La vida tiene riesgos y dolores inevitables y mientras más uno se rinde ante lo inevitable, más vives, porque no puedes controlar nada". Isabel Allende

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P.D: Si quieren leer la entrevista que la hizo Mari a Isael, aquí se las dejo.

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