lunes, 20 de febrero de 2012

De la incursión del pasado en la era digital


Hace unos días recibí un correo de mi papá con un pequeño cuento que Rosa Montero publicó en su columna semanal en el diario El País de España.

Como soy demasiado curiosa, me puse a googlearlo y me di cuenta de que la historia, aunque atemporal y siempre vigente, fue publicada en mayo de 2005, y se puso "de moda" nuevamente el 04 de enero de de este año cuando una agregador de noticias lo publicó. Rápidamente el cuento de Montero fue reproducido en blogs (como aquí) y enviado por e-mail, y el link fue viralizado a través de las redes sociales. Las visitas a la página fueron tantas que se convirtió en la noticia más vista ese día en El País.com. 

Al leer esto me puse a pensar en el poder de las redes sociales, más allá de mantenernos conectados. Cuando esta historia se escribió, twitter no había nacido (2006) y facebook estaba en pañales (2004). Sin embargo, 7 años después, estas herramientas hicieron que la historia de Montero le llegara al doble de personas (Más info).

Entonces  recordé el eterno conflicto entre el papel y la era digital. Si la columna de Montero hubiese sido escrita sólo en papel, quizá la mitad del universo de personas que pudo leerla nunca hubiese tenido acceso a ella. ¡Vamos! que es simplemente una columna, no hablo de "La loca de la casa" o de "La historia del rey transparente".

Y no me malentiendan, soy de las que cree que no existe nada mejor que leer en papel, pero también reconozco el boom y la importancia de la lectura digital.

Lo bueno de internet es que inmortaliza cosas y las hace accesibles para todos; lo bueno la de las redes sociales es que son capaces de viralizar un texto como el de Montero, escrito en 2005, y colocarlo en el "hoy" de muchos.

Cosas como estas suceden a diario con frases de filósofos, poetas y escritores que existieron siglos y milenios atrás, y que hoy están más presentes que nunca. ¿Quién no lee a diario una frase inmortal de Aristóteles en twitter? Gracias a la era 2.0 las personas no mueren, perduran, no sólo en la memoria, sino en el presente colectivo.

En todo caso, la historia está tan increíble que aquí se las dejo. 
¡Disfrútenla!

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El Negro

Por: Rosa Montero

Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana. Una alumna rubia e inequívocamente germana adquiere su bandeja con el menú en el mostrador del autoservicio y luego se sienta en una mesa. Entonces advierte que ha olvidado los cubiertos y vuelve a levantarse para cogerlos. Al regresar, descubre con estupor que un chico negro, probablemente subsahariano por su aspecto, se ha sentado en su lugar y está comiendo de su bandeja. De entrada, la muchacha se siente desconcertada y agredida; pero enseguida corrige su pensamiento y supone que el africano no está acostumbrado al sentido de la propiedad privada y de la intimidad del europeo, o incluso que quizá no disponga de dinero suficiente para pagarse la comida, aun siendo ésta barata para el elevado estándar de vida de nuestros ricos países. De modo que la chica decide sentarse frente al tipo y sonreírle amistosamente. A lo cual el africano contesta con otra blanca sonrisa. A continuación, la alemana comienza a comer de la bandeja intentando aparentar la mayor normalidad y compartiéndola con exquisita generosidad y cortesía con el chico negro. Y así, él se toma la ensalada, ella apura la sopa, ambos pinchan paritariamente del mismo plato de estofado hasta acabarlo y uno da cuenta del yogur y la otra de la pieza de fruta. Todo ello trufado de múltiples sonrisas educadas, tímidas por parte del muchacho, suavemente alentadoras y comprensivas por parte de ella. Acabado el almuerzo, la alemana se levanta en busca de un café. Y entonces descubre, en la mesa vecina detrás de ella, su propio abrigo colocado sobre el respaldo de una silla y una bandeja de comida intacta.

Dedico esta historia deliciosa, que además es auténtica, a todos aquellos españoles que, en el fondo, recelan de los inmigrantes y les consideran individuos inferiores. A todas esas personas que, aun bienintencionadas, les observan con condescendencia y paternalismo. Será mejor que nos libremos de los prejuicios o corremos el riesgo de hacer el mismo ridículo que la pobre alemana, que creía ser el colmo de la civilización mientras el africano, él sí inmensamente educado, la dejaba comer de su bandeja y tal vez pensaba: "Pero qué chiflados están los europeos".


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