sábado, 5 de diciembre de 2009

Pensar en Venezuela

Recientemente me he dado cuenta que cada vez que me ocurre algo “malo”, inmediatamente me acuerdo de Venezuela. Y es que acabo de entender que suelo asociarla con desorden.

Por ejemplo. Hace 2 semanas se fue la luz en la calle donde vivo. Enseguida dije: me siento en Venezuela. U hoy, cuando venía en el bus muy tranquila, inmersa en la lectura de mi nuevo libro, y se monta un ne… ehh…, una persona con ascendencia africana, y coloca la música de su celular a todo volumen, de nuevo sucedió: me siento en Venezuela.

O cuando el bus de Oxford se retrasa 15 minutos y me hace perder la conexión con el siguiente bus hasta mi casa, o cuando el internet no funciona, o cuando alguien se colea en la fila del bus o cuando veo a una persona lanzando basura al suelo. Enseguida: Venezuela.

Sé que es algo que no debería suceder. Las cosas no son perfectas en ninguna parte. Sin embargo, es un sentimiento que he llegado a desarrollar sin siquiera percatarme de ello. Es como una respuesta inmediata que emite mi sistema nervioso cuando algo que me molesta sucede.

No es que sea una malagradecida con el país que me ha dado todo lo que tengo hasta ahora, pues la verdad no me siento bien sintiendo este tipo de cosas. Es algo que, sin saber por qué, simplemente sucede.

Lo que sí puedo asegurar es que ha sido realmente muy duro darme cuenta lo mala que es la imagen que tengo de mi país. Es duro y muy difícil de entender por qué, a pesar de los miles de buenos momentos, sólo recuerdo las malas experiencias.

Y es más duro aún aceptar que, aunque no quiera, yo formo parte de ese desorden. Y que sin querer ni saber cómo, de alguna manera he contribuido a que las cosas sean de ese modo.

A veces no quisiera pensar en Venezuela. De ninguna forma posible.

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